LA ERA DEL CINEMATÓGRAFO: LOS PRIMEROS AÑOS DEL CINE DE TERROR.

La historia del cine de terror u horror (como a veces se le dice a pesar de la diferencia que existe entre ambas palabras) está llena de películas interesantes, sorprendentes, terroríficas, entretenidas o cualquier otro adjetivo que se les pueda ocurrir, pero también representa un viaje increíble por la evolución del miedo social o mejor dicho por los diversos estados de temor que la humanidad ha tenido a lo largo de los últimos dos siglos.

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 En esta ocasión analizaremos los primeros años, desde el origen del cine hasta la década de los 50’s. En otra ocasión nos enfocaremos en conocer más sobre la historia del cine de terror a través de la guerra fría y más allá.

Como siempre los invitamos a que sigan los hipervínculos para conocer más acerca del tema. En esta ocasión los vínculos los llevarán a trailers, películas, biografías y curiosidades.

El nacimiento del cine de terror (1895)

El cine de terror nació junto con el mismo cine. Los hermanos Lumière rodaron en 1896 la cinta “L’arrivée d’un train à La Ciotat” (La llegada del tren). En esta película, como su nombre indica, únicamente se mostraba la llegada de un tren; sólo que, dado que el cine era un invento desconocido para la mayoría de los espectadores, éstos creían que el tren se iba a salir literalmente de la pantalla para arrollarlos; los primeros espectadores de la cinta gritaban y escapaban de la sala aterrorizados.

Los primeros años del cine de terror mudo (1896-1919)

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Georges Méliès inventó la mayoría de lo que hoy conocemos como géneros cinematográficos (incluso el porno), así que a él le debemos la primera película de terror: Le manoir du Diable (1896), una película de fantasmas de tres minutos que mezcla el humor, la fantasía y el terror teniendo como punto del partida la literatura gótica. Mientras que al otro lado del mundo, Japón se lo tomó más en serio con “Shinin no sosei” (1898), una pesadilla sobre un cuerpo resucitado que, por desgracia, hoy en día se considera perdida. Y, salvo la “Esmeralda” (1905) de Alice Guy, primera adaptación de “El jorobado de Nuestra Señora de París”, no tenemos más datos sobre monstruos en celuloide hasta 1910. La primera película deliberada de terror fue realizada en 1910 por J. Searle Dawley para los Edison Studios. Se trató de la primera adaptación del mito de Frankenstein. En 1914, una adaptación de unos cuentos de Edgar Allan Poe fue producida por D.W. Griffith, la película se llamaba “La conciencia vengadora”, una mezcla de “El corazón delator” y “Annabel Lee”. Otro filme importante de esta década fue “El estudiante de Praga” (1913), fábula moral de aliento fáustico que tendría remake en 1926 pero que marcó un avance en la realización del cine de terror.

La nueva ola del cine de terror (1920)

nosferatuyeahEl siglo XX conoció, pues, desde muy pronto excelentes cultivadores del miedo. Quizá el director más importante de esta primera época sea el alemán F. W. Murnau (1889-1931), responsable de la lóbrega y expresionista “Nosferatu, el vampiro” (1922), película basada en el Drácula de Bram Stoker. Dentro del cine expresionista, también vale la pena mencionar al director Fritz Lang, quien realizó grandes clásicos del terror expresionista como El testamento del doctor Mabuse” y “M, el vampiro de Düsseldorf”. Por otro lado, Robert Wiene produjo lo que sería el antecedente del cine zombie, el filme de culto “El gabinete del doctor Caligari” (1920). Más acorde con la tradición literaria alemana, “El Golem” (1920), de Paul Wegener y Karl Boese, ofreció un primer ejemplo de vida artificial, aunque en este caso no era un científico sino un sortilegio cabalístico el desencadenante de la animación de ese monstruo de barro. Alejándose del folklore local, “Las manos de Orlac” (1925), de Robert Wiene, proponía un relato de amor loco en el que se atribuía a las extremidades del cuerpo un alma acorde con las de su poseedor. Durante esta década, el cine de terror estadounidense se dejó guiar asimismo por la inspiración literaria, pero con mayores intenciones de crear espectáculo melodramático. Así, la doble personalidad del doctor Jekyll era el tema central de “El hombre y la bestia” (1920), de John Stuart Robertson, largometraje en el que finalmente se castigaba el atrevimiento del científico por liberar sus impulsos animales.smiling En El jorobado de Nuestra Señora” (1923), de Wallace Worsley, el tullido Quasimodo moría por amor, sin verse favorecido por la ternura de la gitana Esmeralda. Algo semejante ocurría en El fantasma de la ópera” (1925), de Rupert Julian, película en la que un melómano cuyo rostro está corroído por el ácido muere por el amor de una soprano. En la misma corriente podemos situar “El hombre que ríe” (1928), de Paul Leni. Si la postguerra había poblado Europa de soldados maltrechos, con el rostro destruido por la metralla, el cine norteamericano se encargó de poblar las pantallas con románticos y sufrientes monstruos destinados siempre a la fatalidad. Así mismo durante este periodo, Lon Chaney se convierte sinónimo de terror cinematográfico gracias a sus vanguardistas maquillajes y, bueno, su talento inconmensurable. Los tres iconos tenebrosos de su filmografía son “El jorobado de Notre Dame” (1923), “El fantasma de la Ópera” (1925) y “London After Midnight” (1927), quizá la película perdida más mítica e influyente de todos los tiempos.

La edad dorada del cine de terror (1930)

Bela Lugosi, DRACULA, 1931.En los primeros años treinta, la productora Universal, al frente de la cual se encontraba Carl Laemmle, contando con un extraordinario grupo de creadores, decidió tomar de la literatura europea una serie de obras de gran popularidad y convertirlas en filmes. Hay que tener en cuenta que por esas fechas triunfaban en los teatros norteamericanos adaptaciones de la literatura gótica, bastantes estremecedoras en su representación. Además de esto, la Gran Depresión fue un sueño de la razón (capitalista) que produjo monstruos como “Drácula” y “El doctor Frankenstein”, ambas de 1931, se configuraron como la gran catarsis gótica que Estados Unidos necesitaba en tiempos difíciles. Este par de filmes crearon toda una caligrafía del horror de la que el género sigue dependiendo hoy en día. El estudio que los vio nacer, Universal, dominó el resto de la década sin demasiadas complicaciones: “La momia”, “El caserón de las sombras” (ambas de 1932), “El hombre invisible” (1933) y “La novia de Frankenstein” (1935) son algunas joyas de su cegadora corona. Otros estudios intentaron plantarle cara, pero sólo “Los crímenes del museo de cera” (1933) y “El hombre y el monstruo” (1931), innovadora adaptación del mito de Jekyll y Hyde, se acercaron. El cine de terror no existiría sin villanos arquetípicos y el cine de esta época los ofrece a raudales. Si terrible era el hipnotizador de Svengali (1931), de Archie Mayo, más aún lo era el vesánico cazador protagonista de “El malvado Zaroff” (1932), de Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel, película en la que el público asistía a un refinado entretenimiento digno de Sade: acosar a los hombres como si de presas se tratara. El éxito del cine de terror en Estados Unidos durante los años 30 se ha pretendido explicar con diversas teorías. La más plausible es la que relaciona la crisis socioeconómica con el deseo de evasión a través de temores más pavorosos que la propia realidad. En las pantallas se suceden estrenos como el remake de “Las manos de Orlac” (1935), de Karl Freund, “El cuervo” (1935), de Louis Friendlander, y “Muñecos infernales” (1936), de Tod Browning, quien fue realizador más representativo de la corriente citada. “Freaks” (1932), una de sus realizaciones más conocidas, resume justamente esas inquietudes. Un relato de amores cruzados en una feria da lugar a una siniestra tragedia en la que monstruos reales, procedentes de diversas ferias ambulantes, participan como secundarios. Durante décadas esta película fue tenida por aberrante. Sólo a partir de los años sesenta fue recuperada por la crítica y hoy es considerada una obra maestra. También en esta década aparece “King Kong” (1933) el primer monstruo de lo que en un futuro se llamaría el cine Kaiju y que sería un antecedente de Godzilla.

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El estancamiento del cine de terror (1940)

El estallido de la Segunda Guerra Mundial no tuvo un particular influjo en el cine de terror. Secuelas de los éxitos de los treinta poblaron las pantallas con una dignidad artística en muchos casos dudosa. Es la década de Val Lewton, superproductor de la RKO que es considerado el gran catedrático de la Universidad de la Sugestión. Sus colaboraciones con Jacques Tourneur, especialmente “La mujer pantera (1940), demuestran que el bajo presupuesto puede ser sinónimo de alta distinción. No obstante, cabe rescatar algunos títulos. “El hombre lobo” (1941), de George Waggner, es un muy digno acercamiento a la licantropía, algo que no puede decirse de sus numerosas continuaciones. vaudou-03-gEste filme fue el origen de las ensaladas de monstruos del estudio, un lento y progresivo descenso de calidad que culminó en la autoparódica Abbott y Costello contra los fantasmas (1948). Los cómicos le clavaron una estaca en el corazón al legado de sombras de la Universal, pero de paso acuñaron la posmodernidad en el cine. Cabe resaltar que es en esta década que el cine zombie se fortalece gracias al filme “Yo anduve con un zombi” (1943), obra en la que el espectador asiste a una refinada escenificación de los ambientes haitianos, con esa noche inquietante que el ritual vudú llena de muertos que han regresado a la vida. Otro hito del cine de terror de los 40’s es “Ladrones de cadáveres”, basada en un relato de Robert Louis Stevenson.

El renacimiento del cine de terror (1950-1960)

godzilla-1954-01-gEl tema del gigantismo, abordado en “King Kong” (1933), de Merian C. Cooper y Ernst B. Schoedsack, se convirtió en habitual una vez concluida la Segunda Guerra Mundial. Al éxito internacional de “El monstruo de tiempos remotos” (1953), de Eugene Lourie, hay que sumar una producción nipona, “Gojira/Godzilla” (1954), de Ishiro Honda, y filmes norteamericanos tan populares como “La humanidad en peligro” (1954), de Gordon Douglas, y “Tarántula” (1955), de Jack Arnold. El temor a este tipo de mutantes, capaces de destruir a su paso tanques y ejércitos, tiene una relación directa con los experimentos atómicos. No en vano estaba muy extendida la idea de que la radiactividad podía producir alteraciones genéticas. Por otro lado, los animales metamorfoseados eran, por lo común, igualmente inquietantes en su formato más reducido. El cine convirtió en gigantes a las arañas, las avispas, las hormigas y otras criaturas con no demasiadas simpatías entre el público del momento. El terror abandonaba los sobrenatural y se acercaba a temas más sociales, entrando en una muy fructífera comunión con su género hermano, la ciencia-ficción. Sobre todo, a los espectadores de los cincuenta les asustaba el átomo y demás pródigos científicos. Ese tipo de mutaciones, por otra parte, no afectaron sólo a insectos o reptiles. la-mujer-y-el-monstruo1En algún caso aparecieron humanoides, como el protagonista de “La mujer y el monstruo” (1954), de Jack Arnold. El ser anfibio de este largometraje, con su deseo constante hacia la joven heroína, sublimaba un contenido que ya podía observarse en los licántropos del cine. El componente de bestialidad quedaba asimilado al deseo pasional, por oposición a la contenida educación de los personajes más admirables. Otra metamorfosis con final trágico era la relatada en “La mosca” (1958), de Kurt Neumann. Pero si se habla de cine de terror de los 50’s, no se puede pasar por alto a la productora británica Hammer, que a lo largo de los años 50, 60 y 70 desencadenó una avalancha de películas del género, algunas de gran calidad, como “La maldición de Frankenstein” (1957), “Drácula” (1958) y “La Momia” (1959). Su director estrella fue el inglés Terence Fisher. La proliferación de productores independientes y la apertura de numerosos autocines y salas de programa doble condujo por estas fechas a una necesidad de títulos que, lógicamente, no podían satisfacer a los aficionados más sensibles. Para complementar en los programas el título más atractivo, los exhibidores comenzaron a programar los filmes de “serie B”, así llamados por ocupar ese lugar secundario en la oferta cinematográfica y también por lo ajustado de su presupuesto. La mayoría de las producciones de terror de “serie B” no soporta una crítica medianamente rigurosa, aunque la nostalgia de muchos seguidores ha hecho de ellas objeto de culto minoritario. El más destacado productor y realizador identificado con esta corriente es Roger Corman. De su extensa e irregular trayectoria profesional cabe rescatar precisamente la filmografía que consagró a la obra de Edgar Allan Poe. Títulos como “La caída de la casa Usher” (1960), “El péndulo y la muerte” (1961), “El cuervo”, “La máscara de la muerte roja” (1963) son un meritorio ejemplo de adaptación. Uno de los factores decisivos a la hora de valorar el éxito de estas películas es la participación en papeles protagonistas del actor Vincent Price. Este magnífico intérprete, gracias a sus aristocráticas maneras y la potencia de su voz, logró encarnar a la perfección el encanto gótico y decadente de las narraciones de Poe. La diferencia entre los géneros, al igual que lo que ocurre con la ciencia-ficción, se convirtió en algo cada vez más difuso. Determinadas películas encuadradas habitualmente dentro del mundo del thriller o la serie negra, contienen innegables vínculos con el cine de terror. Tal es el caso de ¿Qué fue de Baby Jane?” (1962), de Robert Aldrich, y “El estrangulador de Boston” (1968), de Richard Fleischer. Poco a poco, el público se iba preparando para la aparición de psicópatas aún más escalofriantes.

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Editor: Jonás Axel

Fuente: EcuRed, Wikipedia, The Cult, Textos y Manifiestos, Fotogramas, La historia del cine.

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